Landero es un escritor al que se
llega. Su prosa peculiar, sus escasos libros, seis en total en toda su carrera hasta la fecha, sus
historias, su forma de mostrarlas, no lo convierten en un escritor de masas.
Eso también me gusta, leer algo diferente a lo que “todo” el mundo consume me
permite refugiarme de alguna manera en un sitio más personal, más íntimo, más
mío a fin de cuentas. Me gusta además regalar sus libros, porque la gente
generalmente no los conoce, pero sobre todo por que sorprende, Landero nunca
deja indiferente.
Landero llega a mis manos por
primera vez a través de El mágico aprendiz. Sin conocimiento previo del autor,
y con unas breves referencias de terceros sobre su obra Juegos
de la edad tardía, El mágico aprendiz entra a formar parte de mi modesta
biblioteca. La obra me entusiasma de principio a fin, Landero crea y manejo
unos personajes increíbles. Llegamos a ellos como desconocidos y los
abandonamos con dolor y tristeza. Son completos, enteros, reales, activos. La
riqueza de matices, de pensamientos y de contenido con que el autor los arma es
sobresaliente. Pero lo mejor de todo es como lo hace, con una carencia lenta,
sencilla y transparente. Los vamos conociendo y entendiendo sin ser conscientes
de ello. Vamos integrándonos en sus vidas, en sus penas, en sus pensamientos.
Matías, el protagonista, recoge
todas nuestras tristezas y nuestras mediocridades y las hace suyas. En el
podemos vernos reflejados, en el podemos ver todo ese mundo gris que nos
atenaza y nos convierte en muchas ocasiones en seres predecibles y aburridos.
Con Matías también corremos para escapar de nuestra mediocridad y nuestras
ataduras. Mucha gente acusa a Landero de lentitud, de que no en sus libros no
pasa nada. Es cierto, en sus libros no hay intriga, no hay intriga. En sus
libros esta la vida, nuestra vida, la de nuestro vecino. Por lo menos un poco
de todos nosotros.
Pero dentro de su simpleza, su
lentitud, su color gris, Matías es enternecedor, es Matías. Un ser que solo
busca tener una ida con algo más, con esa esperanza al final del día que le
ayude a levantarse cada día, a vestirse, a salir a la calle y trabajar, comer,
caminar. Porque es cierto que Matías es triste, gris y no muy listo, pero aún
no ha perdido la capacidad de ilusionarse y aprender, por eso y para eso sigue
vivo.
Gracia Matías, gracias Landero.


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